Razón de ser

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lunes, 27 de mayo de 2013

Mortalidad, Christopher Hitchens


Acabo de terminar de leer Mortalidad, de Christopher Hitchens. No tiene ningún mérito, apenas son un centenar de páginas en un formato pequeño, con mucho espacio y letra grande. Es decir, este libro apenas es, en cuestión del espacio que ocupa, un reportaje largo de una revista, un par de capítulos de una novela normal.
Pero que nadie se equivoque, no estamos ante un libro menor.
No apto para deprimidos. El libro reúne una serie de reflexiones del autor cuando le diagnostican, estando él y su vida en la cresta de la ola, un cáncer de esófago en un estado muy avanzado. No es un libro de su lucha contra el cáncer. No es un libro de reflexiones sobre la fragilidad de la vida humana o un testamento emocional para los que nos quedamos aquí cuando él fallezca consumido por la enfermedad. Es un libro sobre las reflexiones que le produce su propia enfermedad, las reacciones de los demás, la constatación de su propia degradación física... Es el libro de una persona de una gran agudeza intelectual que no puede, ni quiere, evitar seguir estudiando y cuestionándose todos los asuntos que le rodean. Incluso si ese asunto es sólo sobre la dificultad de los sanitarios, tras muchas pruebas y tratamientos ya, de encontrar donde pincharle para poder extraerle algo de sangre que analizar.
También es un libro sobre la religión. Para quien no conozca al autor, tiene obras muy aclamadas en su currículum pero tiene, como hitos señeros por polémicos, algunos libros dedicados a la religión como “Dios no es bueno” y “Dios no existe”. Claridad y sinceridad, desde luego.
Hitchens es un ateo convencido y militante. Pero no un ateo despectivo ni ofensivo con los creyentes. Es un ateo que vivía en una sociedad, la norteamericana, que tiene a Dios todo el día en la boca (aunque no lo tenga en sus actos, en mi opinión) y que se defiende con la retórica, la argumentación y la reflexión sobre el hecho religioso y sus carencias. También era un ateo hostil hacia aquellas personas de una religiosidad extrema que bordea (o traspasa) la intolerancia. Si bien no puede evitar un cierto desdén hacia todo tipo de religiosidad, sus dardos más acerados no son, en este libro, más que hacia aquellas personas de una religiosidad intolerante.
Yo soy creyente (otro día hablamos de esto si es menester) pero no me he ofendido en ningún párrafo de los muchos que en este libro abordan la religiosidad y el hecho religioso. Y lo que me ha impactado del libro no ha sido que el autor no albergara ningún momento de duda a lo largo del camino que le llevó a la muerte. Me ha impactado la capacidad de abordar todo, incluso su propia muerte, con espíritu crítico, como una experiencia más que nos proporciona un mayor conocimiento sobre el mundo y sobre nosotros mismos.
Este libro es, a mi entender, lo que Joyce definía como una Epifanía

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