Razón de ser

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jueves, 6 de febrero de 2014

Lo diga quien lo diga, los escraches no son democráticos

Rosa Díez lo dijo, el pasado 25 del 3 del año pasado en El Mundo, de forma más clara y mejor que yo. Pero ya que está de actualidad repetiré la idea y el mensaje. No me va hacer popular, pero al menos seré coherente con mi pensamiento.
Los escraches no son democráticos. Sí. Ya sé que unos jueces han avalado que los que le hicieron uno a la familia de la vicepresidenta sólo estaban realizando un acto de “participación democrática”. Las decisiones de los jueces hay que acatarlas. Y yo soy de la opinión de que, además, hay que respetarlas en el sentido más amplio y tratar de no desacreditar a los jueces. Aunque hoy voy a hacer algo mal y voy a llevarme la contraria.
Sus razones tendrán esos jueces para decir eso pero creo que se equivocan. Si sólo se hubieran limitado a decir que no veían indicios de delito en el asunto y que, por tanto, lo dejaban correr, yo no hubiera abierto la boca. Puedo entender que algo me parezca mal y que no sea delito. De hecho, en el caso concreto de los escraches, puedo llegar a aceptar que no sean ningún tipo de delito ni de falta. Por tanto, y como de leyes saben más que yo, acepto la postura de los jueces sin rechistar en ese punto. Pero lo que no tiene sentido es el añadido de que los ciudadanos que lo perpetraron estaban realizando un acto de “participación democrática”. ¿Los autos son lugares para expresar opiniones políticas?
No señores. Por muy jueces que sean, no. No señores, por muy razonablemente indignados que estén los ciudadanos, no. No señores. La democracia es otra cosa y no se parece nada a un escrache ni a un acoso en el domicilio particular de nadie. Y caemos en una banalización de la democracia (que no es sinónimo de todo vale) cuando defendemos que sí.
En España, y en Madrid en concreto, las manifestaciones están al orden del día. Según un artículo de El Mundo, a finales de 2013 se habían celebrado más de 4.000 en la capital. Y, por más que cuatro cenutrios hablen de Estado policial y de represión y gaitas así mientras ilustran el artículo con fotos de antidisturbios interviniendo duramente (parece que, según esa gente, siempre sin motivo alguno, sólo por el gusto de repartir palos), según la Delegada del Gobierno de Madrid en sólo 7 de ellas intervino la policía. Pero bueno, como es del PP no la creamos. Multipliquen ese número por 5 si quieren. En 35, vale.
El caso es que en España se manifiesta quien quiere, cuando quiere y como quiere. Y eso, en realidad, es un problema. Como los periodistas llegan a donde llegan y como la repercusión de esas manifestaciones se queda donde se queda, hay que hacer algo para llamar la atención. En Gamonal quemaron contenedores y estos tipos acosaron en su domicilio particular a una representante del Gobierno y de la nación (no olvidemos que es diputada por el voto de miles de ciudadanos) para lograr notoriedad. Y en lugar de criticar sus procedimientos les entendemos y aceptamos que, en su razones, está su legitimidad.
No señores. Hay límites y el domicilio particular es uno de ellos. La democracia se basa en el respeto no sólo a las leyes, sino al otro, al discrepante, al que no coincide con nosotros. Y respeto no puede ser nunca la intimidación. Por más que no haya violencia. Mucha gente en el País Vasco intimidaba e intimida a sus vecinos no nacionalistas sin llegar a la violencia. Y todos convenimos en que no hay derecho a ello. Pues ni allí ni aquí. Ni entonces, ni ahora.

Y unos jueces que, cuando se critican sus decisiones simplemente, acuden raudos a solicitar “amparo” no deberían hacer política con sus autos. Si quieren hacer política que hagan como hemos hecho muchos, que se afilien a donde les parezca (ahora que hay una amplia oferta) o que monten un partido. 

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